divendres, 19 de juliol del 2013

Prólogo

Hace ya bastante tiempo que escucho en las noticias, que han aparecido personajes pictóricos que hacen justicia. Lo más parecido a los superheroes de los cómics underground, a mi modo de ver, en todo el mapa político de España. Siempre me he preguntado que haría yo si obtuviera de la noche a la mañana, algún que otro superpoder, lo típico, vamos. Poder volar, tener superfuerza y como no, lanzar rayos por los ojos. Pero con treinta y ocho años, barriga cervecera, calvicie prominente y viviendo en casa de mis padres, poco futuro me vería en ese mundo de acción. Bueno, sería lo más parecido a un cruce hibrido entre Spiderman o Nova, más una versión hardcore de Homer Simpson, eso si, sin oficio ni beneficio.

Dejé los estudios para meterme a albañil en el boom inmobiliario, y ahora ya llevo tres años en paro. Esta mañana me he levantado de mi cama sin tener más ganas de vivir, la semana pasada Sara me envió directamente a freír espárragos cuando le pedí que saliera conmigo. Su amiga del alma, Raquel, me tiró todo el cubata por encima en la discoteca. Su, pírate pringado seboso, aun me duele. Lloré todo el camino de regreso a casa. No cené nada, no tenía hambre. Sara y Raquel, seguramente aun estarían descojonándose de mi desde entonces. Que le puedo ofrecer, sino unos sencillos cupones descuento para el Pizza Hut, una habitación llena de posters de tías en bolas, un Simca 1000 de deportivo, y un acné altamente corrosivo.

Si a todo esto, le sumáis que no me he duchado en cinco días en pleno Agosto, y he estado jugando sin parar al Evolution en mi PS3, hasta altas horas de la madrugada escuchando Megadeath, ya os podéis imaginar que mi barba incipiente ha hecho acto de presencia. Un asco, vamos.

Así que hoy y siguiendo el manual a rajatabla del suicidio amateur, me he duchado y afeitado. Me he hecho una coleta a lo Steven Seagal, y me he vestido con el traje de misa de los domingos. El aroma de la colonia Cool Water, me queda como el culo, pero, por lo que me queda, pues, adelante. No sé porque, casi todos los que que suicidan se quitan los zapatos y los colocan a los pies de la ventana, recogen su habitación y escriben una carta a modo de despedida; no lo entiendo. Pero como buen freak, sigo el camino marcado y hago todo lo que dice el manual. Lavé toda mi ropa, la planché y la plegué para dejarla en sus estanterías. Les hice el desayuno a mis padres y los saqué a pasear, si, ya lo sé, no son perros, pero el pañal que llevan encima, me ayuda. Bueno, a lo que iba. Perfumé mi habitación con un pote de Freeze y abrí la ventana. Mis padres viven en la Gran Vía, cerca de la Plaza de las Glorias. Están en el ático primera.

Salí a la terraza y me encendí un pitillo de Ducados rubio. Encendí tres más. La contaminación en Barcelona es muy densa y desde la terraza veo toda la mierda de la ciudad. Me fui a por una lata de San Miguel. Encendí mi cuarto pitillo. Los que habéis fumado alguna vez, por escasez de pasta algún Ducados rubio, ya me entendéis, ¿verdad?  Dejé la lata vacía de San Miguel en la mesita de mármol con esos típicos apoyos de hierro forjado. Volví a encender el que sería mi quinto pitillo en los últimos diez minutos. Me saqué del bolsillo izquierdo de mi chaqueta la carta que recomiendan que escribas y la dejé debajo de la lata. Era muy sencilla, era del tipo estándar  "La vida es una mierda, adiós". Me enfilé a la baranda y me puse en pie. La caída sería rápida y no como en el final de la mierda de remake del Juez Dreed.

Suspiré y salté. Los pisos iban pasando a gran velocidad tras de mi, el suelo cada vez estaba más cerca. Cerré los ojos y pensé que es una putada no tener superpoderes. Escuché un catacrock muy fuerte y noté que todos mis músculos y huesos se plegaban como papel. Tenía miedo de abrir los ojos. Notaba como una leva brisa tocaba mi cara, en ese instante pensé que estaba de camino al cielo o del puto infierno. Los ruidos de la calle se alejaban, cada vez más, no podía escuchar nada. Una luz cálida me golpeó la cara, abrí los ojos y era el Sol. Estaba entre las nubes. Miré hacía abajo y vi a lo lejos la terraza de casa de mis padres.

De pronto, empecé a caer a gran velocidad y fue cuando entendí que no había muerto, pero que no sabía que coño me había pasado, mientras caía y caía de nuevo una vez seguida de otra sobre el asfalto de la Gran Vía, hasta que finalmente logré frenarme en seco agarrándome a la baranda del ático de mis padres. Entré en la terraza y me senté en la mesa de madera que utiliza mi padre. Saqué el paquete aplastado de Ducados rubio y me fumé dos pitillos a la vez. Mi corazón estaba acelerado. Joder, ¿que narices me ha sucedido?, pensé.

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